Mañana de domingo, tipo 11. Alejandro se levanta. Yo vagueo un poco en la cama, rumiando las pocas ganas que tengo de ir a comer a lo de mi suegra. Puch (gato) anda por la ventana apenas abierta que da al patio chico, al que no lo dejo entrar porque se me come las plantas. De repente pasa corriendo con un pajarito en la boca. Grité: MIAMOOOOOOOR!!!! (el grito de socorro de toda emparejada...) Alejandro lo agarró al vuelo y lo zamarreó hasta que largó al pájaro, que piaba como un descosido. Por suerte mis gatos son los más boludos del mundo, porque en su cómoda vida jamás tuvieron que cazar para comer. Yo caché al pájaro mientras él controlaba al resto de la población felina. Y de nuevo a darle agua con cucharita, pero esta vez tenía el alimento que el otro no llegó a probar y los sabios consejos de la veterinaria (meterle la comida en la boca con un hisopo). Le armamos una cajita con una bufanda de polar y lo dejamos en el patio. Le estoy dando de comer cada tres horas y está muy vivaracho, revolotea por todos lados, y creo que mañana va a salir volando rumbo al cielo azul... espero, porque necesito el patio para tender la ropa y los gatos me miran con cara de reproche. Si se me muere este también me hago monja de esas que usan sombreros con alas.
El almuerzo en lo de mi suegra estuvo bastante bien, incluso hubo una conversación sobre los pelos y la depilación que fue casi casi espontánea. Qué bien nos podríamos llevar si a veces no fuera tan retorcida (ella, no yo). Y comprobé lo que pensaba, que es que tiene un stock de Bianchi Borgoña amarrocado en algún lugar. Ya me parecía mucha casualidad que los tres últimos vinos que trajo estuvieran picados.
2.12.07
Existen las segundas oportunidades (o Dios me odia)
Etiquetas: Pequeñas catástrofes
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