"Pero qué zapatos raros que se pusieron estos chicos para el casamiento".
21.12.10
Irma y Orlando
Etiquetas: Canto loas
15.12.10
14.12.10
Memorias de una geisha
pero más chiquito. La explicación que nos dio era la siguiente: ella era okinawense y estaba en Argentina hacía muchos años. Cuando las empresas japonesas mandaban a sus gerentes a Argentina, para vivir un tiempo acá organizando sucursales o haciendo negocios o lo que sea que hagan los gerentes en viajes de negocios, ellos extrañaban sus costumbres okinawenses. Por eso ella había recreado un bar japonés exacto, con la vajilla, la decoración, los muebles, todo traído de allá. A su bar sólo se entraba por invitación. Un cliente nuevo sólo podía entrar acompañado de otro cliente, y siempre alguno tenía que ser okinawense. O sea, si un okinawense traía a un argentino, estaba bien, pero ese mismo argentino no podía venir otro día trayendo a otro argentino. Sí, ya sé, una locura, pero yo necesitaba el laburo. La mecánica era la siguiente: cada cliente tenía un número. En el bar sólo se servía whisky. Cuando un cliente venía por primera vez, "compraba" una botella de ese whisky, al que se le ponía una pulserita con el número. El cliente tomaba todo lo que quería de su botella, y cuando se iba se cerraba y se la dejaba en un estante con todas las otras botellas con sus numeritos. Cuando se acababa la botella, el cliente compraba otra. Eso y alguna comida japonesa que cocinaba la señora y que iba como cortesía era todo el servicio. De más está decir que el precio de las botellas era como diez veces lo que valía en una vinería. Me llamó la atención que necesitaran tantas mozas (cuatro) para un local tan chiquito y con un servicio tan acotado, pero ahí estaba el truco. Nuestro papel era sentarnos con los clientes, charlar, servirles whisky, tomar whisky nosotras también para bajar más rápido la botella (en este punto la MADAMA se sintió generosa y dijo que podíamos mezclarlo con coca para que no nos haga mal), alcanzarles toallitas húmedas que se guardaban en la heladera si tenían calor, bailar con ellos si lo pedían. Estaba lleno de detalles complicados, por ejemplo al brindar había que tener cuidado de que el borde del vaso estuviera por debajo del borde del vaso del cliente, para demostrar que lo considerábamos superior. Yo a esta altura me quería ir, pero la señora esta, con mucha astucia, argumentó que en Japón los bares eran así, que como muchos japoneses vivían solos se consideraba normal tener cierta interacción social con las mozas, que no era nada inmoral ni vergonzoso. Me agarró por el lado de la diferencia cultural. Además me interesaba la idea de aprender un poco de japonés, y porqué no, de enamorarme de algún joven gerente de Kawasaki que me llenara de regalitos de Hello Kitty. Tenía 22 años, hay derecho a ser medio boluda a esa edad. Etiquetas: Dispersiones, Documentos, Papelones
7.12.10
El post más bizarro que este blog haya visto
En este edificio, como en tantos otros, hay problemas de consorcio. Chusmeríos, acusaciones cruzadas, filiaciones sospechosas, señoras que parecen personajes de Gasalla con voces roncas de tanto fumar Parisienne y dudosos contactos sindicales (una jura haber tenido un affaire con Moyano). Pero en este edificio además hay un administrador que hace ya un tiempo que viene afanando plata, primero con cierto disimulo, últimamente del modo más grosero y evidente. Y claro, ¿qué hace Norma Rae, que tiene taaaanto tiempo libre, que limpia, cocina, trabaja, cuida a su hijo, cose, teje, cuida a los gatos y alterna con amigos y con eso no le alcanza? Se pone a averiguar, va al SUTERH, habla con abogados, lee la ley de consorcio, organiza reuniones de vecinos en su casa, pasa papelitos por abajo de la puerta, hace denuncias, manda cartas documento. Hoy el administrador trató de venir a cobrar expensas. Exponer los hechos en orden cronológico sería imposible. El tiempo entró en una especie de lapsus en donde no había orden. Entre los acontecimientos de la noche:
Etiquetas: Mis vecinos, Papelones
6.12.10
Debería darme vergüenza
¿Vieron esas canciones de los ochentas, que eran tan energéticas, un poco románticas, algo cursis, medio ridículas, con sintetizadores, con algún saxofón metido por ahí, el cantante sacudiendo los pelos al viento, neón, motos, esas cosas? ¿Pero que igual tenían algo, que la melodía estaba buena, eran pegadizas, una sabía que apestaban pero igual las escuchaba en la radio y les prestaba atención? Bueno, así me siento. Verano ochentoso. Hasta puedo imaginarme el poster Pagsa ilustrado en brillantes colores, de la mina sentada en su patio tomando mate y trabajando. En fin.
Etiquetas: Dispersiones, Papelones

