Lo del prostíbulo japonés debe haber pasado en el 98 ó 99, yo vivía sola, alquilaba un departamentito de un ambiente y trabajaba de moza. Conseguía trabajo fácil pero más o menos cada seis meses no aguantaba más y tenía que renunciar y buscar en otro lado. Llega un punto en el que entrar todos los días a la misma hora, ver a la misma gente, los mismos clientes que piden la misma comida, los mismos chistes sexuales del bachero, la misma rutina de armar el salón, te quema la cabeza. Esta vez mientras buscaba salió un aviso para un bar sobre Junín, no me acuerdo la altura exacta pero es entre Rivadavia y Corrientes y en esa misma cuadra hay un local muy grande que vende pelucas. La cosa es que cuando llegué era un edificio normal, pero había otras chicas esperando, así que la dirección era esa. Nos abrió la puerta una señora de unos 60 años, japonesa (la MADAMA, pero yo no sabía) y nos hizo pasar a un subsuelo que se veía así:
pero más chiquito. La explicación que nos dio era la siguiente: ella era okinawense y estaba en Argentina hacía muchos años. Cuando las empresas japonesas mandaban a sus gerentes a Argentina, para vivir un tiempo acá organizando sucursales o haciendo negocios o lo que sea que hagan los gerentes en viajes de negocios, ellos extrañaban sus costumbres okinawenses. Por eso ella había recreado un bar japonés exacto, con la vajilla, la decoración, los muebles, todo traído de allá. A su bar sólo se entraba por invitación. Un cliente nuevo sólo podía entrar acompañado de otro cliente, y siempre alguno tenía que ser okinawense. O sea, si un okinawense traía a un argentino, estaba bien, pero ese mismo argentino no podía venir otro día trayendo a otro argentino. Sí, ya sé, una locura, pero yo necesitaba el laburo. La mecánica era la siguiente: cada cliente tenía un número. En el bar sólo se servía whisky. Cuando un cliente venía por primera vez, "compraba" una botella de ese whisky, al que se le ponía una pulserita con el número. El cliente tomaba todo lo que quería de su botella, y cuando se iba se cerraba y se la dejaba en un estante con todas las otras botellas con sus numeritos. Cuando se acababa la botella, el cliente compraba otra. Eso y alguna comida japonesa que cocinaba la señora y que iba como cortesía era todo el servicio. De más está decir que el precio de las botellas era como diez veces lo que valía en una vinería. Me llamó la atención que necesitaran tantas mozas (cuatro) para un local tan chiquito y con un servicio tan acotado, pero ahí estaba el truco. Nuestro papel era sentarnos con los clientes, charlar, servirles whisky, tomar whisky nosotras también para bajar más rápido la botella (en este punto la MADAMA se sintió generosa y dijo que podíamos mezclarlo con coca para que no nos haga mal), alcanzarles toallitas húmedas que se guardaban en la heladera si tenían calor, bailar con ellos si lo pedían. Estaba lleno de detalles complicados, por ejemplo al brindar había que tener cuidado de que el borde del vaso estuviera por debajo del borde del vaso del cliente, para demostrar que lo considerábamos superior. Yo a esta altura me quería ir, pero la señora esta, con mucha astucia, argumentó que en Japón los bares eran así, que como muchos japoneses vivían solos se consideraba normal tener cierta interacción social con las mozas, que no era nada inmoral ni vergonzoso. Me agarró por el lado de la diferencia cultural. Además me interesaba la idea de aprender un poco de japonés, y porqué no, de enamorarme de algún joven gerente de Kawasaki que me llenara de regalitos de Hello Kitty. Tenía 22 años, hay derecho a ser medio boluda a esa edad. El primer día no vino nadie. Nos sentamos en los divanes, comimos unas especies de albondiguitas que hizo la señora japonesa, chusmeamos, y nos pagaron igual. Me fui a casa entre decepcionada y curiosa. El segundo día vinieron tres personas, dos japoneses jóvenes y un argentino. El argentino claramente no tenía muy claro qué era toda esa situación y no se tragaba con tanta facilidad el verso de la diferencia cultural, pero igual se chupó su whisky tranquilo y se fue. Los japoneses estuvieron correctos pero parecía que esperaban más de las chicas, como si la idea fuera que los tratáramos de levantar o algo. Nos dejaron propina escandalosamente alta que repartimos entre todas, nos pagaron y a casa. Al otro día fue la debacle. Creo que era viernes o sábado, y vinieron muchos clientes. Y éstos no estaban dispuestos a esperar a que nos despabiláramos. En donde te quedabas dos segundos cerca, te trataban de meter una mano sobre la rodilla. Una chica salió a bailar con uno y tuvo que estar todo el baile defendiéndose de los manotazos. Si te descuidabas, amagaban con encajarte un beso. Las tres nuevas estábamos aterradas y nos refugiamos en la cocina. La otra, que tenía más antigüedad, estaba chocha, contestaba con pellizquitos y frases en japonés y creo que ya tenía como 500 dólares en el corpiño. Cuando al fin cerraron y nos pudimos salir, la vi subirse a un taxi con un japonés muy borracho y entendí todo. Al otro día no fui, y la MADAMA me llamó enojada porque la había dejado en banda. Le dije que ella no había sido clara al explicarme el trabajo y que no podía hacer lo que esperaba de mí. Me trató de convencer por el lado de la plata, pero no gracias, como diría Master Card, acostarse con gerentes japoneses borrachos de whisly no tiene precio. No me persiguió la yacuzza ni se enamoró un gerente de Kawasaki. Pero aprendí a decir algo así como oiasumí nasaí massé que es "que descanse bien".

12 comentarios:
ay como me hiciste reir!!!!!!!!!! igual te digo, yo hubiera sido boludisima y hubiera esperado un ponja con el culo de la peli "el amante"... ehhhhh!!!
dios me mataste de risa!
beso! y namasté!
Como me alegraste la mañana!!
Te leía y pense, eso y mucho más me pudo haber pasado a las 22 años!!!
Beso
Me morí de risa.
Que historia, re loca! Para contarle a los nietos diria una amiga!
Excelente.
Que haevy eso... aca cerca de mi casa hay un centro okinawense... que loco. tendra subsuelo de bar.
¡Ves que la literatura sirve!
El que lea asiduamente a Borges, ya se imaginará lo que es un bar de la calle Junín antes de ir.
Grossa la anécdota y cómo la contaste.
Bizarro bizarro bizarro!!!
(va codo a codo con el post de la reunión de consorcio!!) jajaaaaaa
Im-pa-ga-ble la experiencia! Y qué buen ejercicio de recordar que uno fue ingenuo alguna vez!
Besos!
nononno esto es muy bueno... de antologia.
Ay Silvia es tragicómico, imagino la incomodidad de ustedes, en fin era una vulgar piringundin. Besos tía Elsa.
Danila pero ese era CHINO, mujer!
Parezi dentro de todo creo que salí bien parada, pero muy mal el radar para detectar situaciones sospechosas.
Catalina claro, porque a vos no te trató de atrapar la red nipona de trata de personas.
Lucila y seguro que los nietos van a creer que inventé todo, pequeños escépticos.
N ¿la prostitución, las albóndigas de la japonesa, el local que vende pelucas o los regalitos de Heelo Kitty que no fueron?
Sol no creo, este era para tipos que estaba medio de paso. Si el local okinawense es el de san juan y jujuy somos vecinas.
Fdelcampo no me hablés de ése, acá somos fans de Bioy.
Ronnie es re loco, porque era en serio mucha plata, era cosa de decir sí y chau, es otra vida. 22 años, y una decide algo así. Por suerte elegí bien.
Mariana pecados de juventud e inexperiencia, buenas anécdotas de la adultez.
Tía estábamos metidas en la cocina que medía dos por dos, todas apretujadas, escondiéndonos medio muertas de risa de los nervios. Una locura.
Nada de eso.
Y me quedo pensando qué es más excelente: haber escrito semejante cosa o haber pasado por eso y escribirlo.
Como sea: excelente. Es que me hiciste reír.
Éste y el del consorcio fueron Muy buenos.
Publicar un comentario