SIIII siiiii. A eso de las 3 y 15 y con el dedo temblando de emoción, tocamos el timbre de la casa de la prometida. Ella, como dama delicada que es, mantuvo la calma y siguió durmiendo la siesta mientras el Fede desparramaba sonrisas y se compraba a la abuela paterna y a Francisca. Al ratito llegó la mamá y la nena, con un sexto sentido admirable, se despertó para exigir su comida. Intercambiamos bebés y por un rato tuvimos cacofonía de llanto. Cuando todo volvió más o menos a la normalidad, el que se durmió fue el Fede. Ahí Eloísa derrochó simpatía y demostró que en sonrisas y gorjeos no le va a la zaga al novio. Las mamás pudieron charlar un rato tranquilas con un rico té y Francisca aportando la voz de la experiencia. Cuando el Fede se despertó, los pusimos frente a frente. Eloísa, otra vez demostrando su delicadeza, se interesaba más en el caracolito sujeta chupetes que en el elemento masculino presente. El Fede la miraba con interés. Al ratito hubo cambio de pañales por dos, y dimos la visita por terminada. Nos quedamos prendados de cachetes manzanosos, la naricita respingada, el pelito sedoso y las sonrisas encandilantes de Eloísa. Y oprobio eterno a las dos madres que de puro obnubiladas no sacaron fotos! Buhhhh!
