El Osi, que habla el doble de lo que sabe y habla muuuuuucho, propuso alguna vez en el llorado Astral y por la vigésimo quinta cerveza que lo que cambia a una mujer no es la maternidad, sino el dolor del parto. Descalificando su teoría antropológico-pavlovista tengo que decir que si es por eso no soy madre, porque la cesárea fue un chiste. La maternidad para mí empezó de un modo mucho más psicológico. La segunda noche en el hospital, con el alta para el día siguiente y ya segura de me iba sin Federico, todo lo que podía hacer era mirar fijo el techo y desear que se CURARA. No podía entender cómo era que no se daba cuenta de que tenía que respirar bien, así le sacaban todos esos tubos y esas agujas y se venía con nosotros a casa. Capaz que tuve algo así como una experiencia religiosa con el cuadrito de la virgen que había tratado de descolgar de la pared, pero la cosa es que de repente pensé diferente. Él nació antes, no estaba preparado, tuvo que salir de donde estaba a un lugar nuevo que no conoce, no entiende, no sabe, todo le cuesta horrores, tiene miedo y frío y hambre, y yo acá como una imbécil pidiéndole cosas, exigiéndole que sea el bebé sano y perfecto que soñé, cuando él es real y es como es. Ahí entendí que mi lugar en todo esto era estar ahí para él, esperarlo con infinita paciencia, no pedirle nada, aceptar que la realidad era esa y ninguna otra (¿la mejor realidad posible?). No digo que a partir de ahí las cosas fueron más fáciles, al contrario. El problema de la realidad es que generalmente arrasa con todo lo que uno espera y quiere. Pero en cuanto uno deja de quejarse y le sigue el ritmo, hay raros consuelos, triunfos escondidos, fortalezas inesperadas. Osi, te equivocaste otra vez.

