Sobre la waldorfitud. Desde que supe que existía algo como educación waldorf, para mí fue un conflicto (acá para que el post tuviese discurso waldorf tendría que haber sido "desde que empecé a transitar este camino de búsqueda personal y aprendizaje...". Ja). Porque sabía que quería que Fede vaya a una escuela así. Porque me parecía demasiado bueno para ser real y me imaginaba que había tongo en algún lado. Porque hay pocas escuelas y no entran todos los que quieren, ni mucho menos. Porque siendo atea me preocupaba el contenido cristiano de ciertas partes de la educación. Porque así como había cosas con las que estaba de acuerdo había otras que me parecían barbaridades y no sabía cómo iba a manejarlo en el hipotético caso de entrar en la escuela, que parecía bastante difícil.
Muchos de esos conflictos se resolvieron casi solos. Entrar en la escuela fue tan sencillo como llamar, ir a una reunión grupal, a otra individual en donde nos entrevistó una maestra, y a las dos semanas me confirmaron la vacante. No siempre es así, conozco gente que todos los años trata de conseguir vacante y no puede. Es complicado porque por un lado me mata que haya chicos que quieran ir y no puedan. Pero lo real es que es necesario un proceso de selección. En la escuela se trabaja mucho con los padres, y también con lo que los chicos traen de sus casas. Muchos papás se copan con la idea de que los chicos amasen pan, no usen guardapolvo y aprendan a tocar el violín, pero no tienen en cuenta que en sus casas se vive de Giaccomo Capelletini y la tele plasma no se apaga ni para dormir. Yo no estoy juzgando ni diciendo que una cosa sea mejor que la otra. Son diferentes modos de vivir. Si nunca agarraste una aguja de tejer ni cosiste un pedazo de tela, ¿cómo vas a hacer para producir los diez regalitos que aporta cada familia para las kermesses? Si se te quema hasta el agua de los fideos, ¿vas a dejar que todas las otras familias se ocupen de ir a cocinar la merienda de los chicos, sin hacer nunca tu parte del trabajo?. Ojo, en la escuela hay mucho que hacer, por ahí una mamá no va nunca a cocinar, pero se copa un fin de semana encerando el piso de madera de la sala, o va en verano a lijar paredes. Pero las familias que entran a la escuela pensando que es pagar la cuota y ya, quedan descolocadas viendo la cantidad de trabajo que hacen otros padres y después de un tiempo suelen irse. Entonces el proceso de selección tiene que ver con eso, con ver si pueden y quieren asumir el compromiso que implica una escuela así. A nosotros de hecho era algo que nos encantaba, que nos dejaran involucrarnos tanto en la escuela, estar, hablar con los chicos, participar en la preparación de las fiestas, compartir el placer de trabajar con otros padres. En la cocina hay una planillita donde se van anotando los que van a ir a cocinar, y no se pone tu nombre sino el de tu hijo. Lo hacemos por los chicos.
Las diferencias. En la primera reunión, apenas pude decir algo declaré "nosotros somos ATEOS" (hoy me acuerdo y me parece bastante agresivo, pero en fin). Todo el año estuve esperando el momento en el que empezara cierta presión para que bautizara a Fede, o para que rezáramos antes de comer, o algo así. Nunca pasó. Tampoco con tantas otras cosas que están relacionadas con la educación waldorf, como la alimentación vegetariana, la antroposofía, la tendencia a la medicina homeopática. En la escuela se hacen cursos y seminarios, te avisan por mail cuando hay alguna conferencia, pero si querés no meterte, no te metés y nadie te dice nada. De hecho me conmovió el nivel de respeto por las diferencias y las particularidades que encontré en las tantes de Fede. Una vez tuve que dar una explicación muy personal sobre algo que me daba vergüenza, la tante no sólo me escuchó sin juzgarme y sin darme su opinión, sino que me agradeció por haberle contado, por el valor y la honestidad. "Mientras mejor sepamos lo que pasa, mejor podemos entender a Fede". Siempre sentí eso ahí, que las tantes están para ayudarnos a educarlo, de nuestro lado. Son aliadas. Me cuentan cosas, me explican, me dan pistas, me preguntan cuando tienen dudas. Me acuerdo uno de los primeros días de adaptación, Fede berreando a lo loco sin querer entrar al aula, una tante vino en silencio y dejó un autito de madera a la vista, y sin decir palabra se fue. Fede quería el autito, y estaba ahí, tan cerca. Dio dos pasos adentro del aula, agarró el autito, miró alrededor y vio a los otros chicos jugando. Se quedó ahí. Esa mujer entendió todo. No lo obligó ni trató de convencerlo, le dio un motivo.
Otras cosas que me generaban dudas terminaron siendo maravillosas. Las fiestas son lindísimas, cada una es distinta y especial. Mis favoritas, la de los farolitos y la kermesse de primavera. Las reuniones de padres son interesantes, es curioso cómo sin ponernos de acuerdo parece que siempre estamos preocupados por los mismos temas. Se habla de la ansiedad, de lo difícil que es combinar trabajo, familia y quehaceres, de los caprichos, de las etapas, de los límites. A veces terminamos hablando de filosofía o de budismo o de ciencia dura. Puede pasar cualquier cosa. En diciembre, cuando ya habían terminado las clases, llegó un mail avisando del fallecimiento de un papá de jardín. No era de la misma sala de Fede, pero yo lo conocía bastante por las reuniones. Me sorprendió el nivel de dolor que me provocó. Ahí fui conciente de los lazos que se forman cuando estás trabajando con otra persona por el bienestar de tus hijos, y de hasta qué punto estás compartiendo experiencias, pensamientos y sentimientos con gente que conociste por puro azar. Hay mucha diferencia entre los padres, desde artistas bohemios hasta capos de marketing, es interesante eso también. Y tantas otras cosas, que los cumpleaños se festejen en Parque Centenario en lugar de en Mc Donalds, que los regalitos sean cosas hechas de madera, tela y lana, a veces por los mismos padres, las caras de felicidad de los chicos cuando van a Agronomía, los recreos con todos los chicos vestidos de colores, las jornadas de trabajo, lo lindo que es llegar a la escuela en invierno y que huela a pan horneándose.
Soy waldorf. Un poco por las similitudes y más todavía por cómo respetaron mis diferencias. Empezamos otro año de escuela en Marzo y estoy llena de impaciencia por volver a la rutina, al trabajo y al día a día de la escuela. Soy waldorf. Y a mucha honra.